miércoles, 2 de enero de 2008

Episodio 26. Especial de Nochevieja.

EDICIÓN ESPECIAL NOCHEVIEJA – 1 DE ENERO DE 2008, escrito a las 13 horas y pocos minutos.

1. Convenciendo al amigo…

Heme aquí de nuevo, un primer día de año, cuando el Sol comienza a brillar en lo alto del cielo, pasado el mediodía.

Otro año que se va. Llega 2008. Y la Edición Especial de Nochevieja de estas crónicas que un día u otro, sin descanso, sin dilación, me hallo escribiendo.

Fue el penúltimo día del año de gloria 2007 en el cual José Antonio Díaz me metió en el marrón de turno. El teléfono sonaba a eso de las cuatro y media de una tarde en la que todos, o al menos la gran mayoría, se hallaba en el obligado viaje con Morfeo de después de la comida mientras yo intentaba leer ese libro de Jiménez Losantos sobre la Barcelona de los Años 70. Qué felices años, sí…

Coloqué en mi oreja el auricular y escuché al otro lado la voz de mi amigo.

―¡Oye, tú! ¿Te vienes mañana en Nochevieja? Mi hermano te da su entrada por menos precio.

―¿Yo? ¿Pero qué pinto yo en Nochevieja en un sitio lleno de borrachos?

―Venga, hombre, tú imagínate la escena, tías de 16 y 17 tirándonos los trastos, todos borrachos, ¡y lo que nos vamos a reír!

―Tú estás mal, ¿verdad?

―Que no, Javi, hombre…

―¿Y qué motivos tengo yo para ir?

―Pues aparte de esos, va a estar el Balanza…

―¡Bah! ¡Ya me lo has dicho todo!

El susodicho Balanza era el tipo más gamberro que uno podía encontrarse. Fue conmigo al colegio, en primaria y mitad de secundaria, y el día que no se marcaba una tontería no era un día completo. Era como un partido de Andy Roddick sin puntos de saque directo. Pues algo similar.

―Quiero una respuesta y la quiero ya, Javi.

―Pues no sé, dame 24 horas para pensarlo. Te diría 48, pero como que no hay tiempo.

Total, que no sé cómo me dejé arrastrar. A las dos horas escasas, menos aún diría yo, estaba en casa de José Antonio Díaz discutiendo los pormenores, beneficios, usufructos y menoscabos de liquidez que significaba pagar 50 euros por estar haciendo el imbécil una noche completa. No sé cómo me dejé arrastrar, ya digo. A fuer de sinceros, me parece que prefería largarme antes que estar toda la noche pegado a la pantalla del ordenador, componiendo alguna aburrida melodía o continuando con la nueva historia del CDM. Y claro, al final José Antonio vino hacia mi casa, yo le di los cincuenta euros antes de poder arrepentirme y, como se solía decir, “alea jacta est”. O algo similar. Yo, de latín, ni papa.

―Yo, a las tres de la mañana, ya sabes que estoy para el arrastre.

―Te digo yo a ti que no, eso se pasa.

―Bueno, ya veremos…

―Qué, ¿seguimos un ratillo con el Valkyrie?

―Échale una hora… li – li – li…

2. Fin de un año y comienzo de otro.

Así que al final me dejé arrastrar. Aparte, toda aquella parafernalia de ver a José de traje y corbata no podía perdérmela. Aunque claro, teniendo al lado una fiesta en el Antiguo Mercado Público y costando la mitad de dinero, yo aún seguía sin saber cómo me había gastado 50 euros en ir a ese restaurante perdido en mitad de la vía rápida de La Manga del Mar Menor, “El Hidalgo”. Sería del riego. No lo sé.

A las once y media ya estábamos con la televisión puesta y sintonizando a Ramón García, que lleva dando las uvas de la Nochevieja en mi casa desde mi más tierna infancia, que la tuve. Como yo jamás he engullido, que no comido, las uvas, no iba a empezar este año. No me gusta eso de empezar el año y brindar cuando uno está medio ahogado, casi asfixiado, por la velocidad de, llamémosla, “zampamiento”.

Sobre las doce y media, yo, vestido con mi único traje y corbata prestada, me dirigí a casa del colega. Qué manera de empezar 2008.

Tras los protocolarios saludos de felicitación de año nuevo, tras las fotos de la hermana del colega, etcétera, nos dispusimos a ir. Como estas noches no son para coger el coche pero sí coger una cogorza de tres pares de narices (aunque yo no pensaba en, como se dice por aquí, “ponerme tó ciego”), nos acercó al lugar en cuestión la hermana de José.

Y es aquí donde realmente comienza esta espeluznante historia de terror.


3. La una de la mañana.

“El Hidalgo”, restaurante de celebraciones y tal, situado en la vía rápida de La Manga, a mano derecha por la vía de servicio. Nada más entrar dos chicas nos entregan la bolsa con el tradicional gorrito, matasuegras, serpentina y demás historias que para lo único que sirven es para ensuciar el suelo.

Al entrar, una terraza, una fuente en mitad de la misma, con agua clara, cristalina, supongo que friísima aunque no me paré a comprobarlo por aquello de coger una pulmonía. José y yo dimos tres vueltas al sitio. El interior no estaba mal. Tres barras libre, eso siempre, unos altavoces enormes que hacían retumbar la música por todo el local, entonces totalmente vacío. El suelo limpio, impecable.

De este capítulo, como, oh lector, puedes ver, no hay que destacar más que la limpieza del sitio en cuestión.

Sobre la una y media empezó a llegar todo el mundo. Vislumbré a dos de mis antiguos compañeros de clase, el susodicho Balanza y David, fan empedernido del Barça entonces y gran pedidor de ejercicios de matemáticas también entonces; amén de otros tipos que conocí de las clases anteriores a mí en el mismo colegio y así como los colegas de mi amigo. A partir de entonces José Balanza cogió el matasuegras y no lo soltó hasta las seis de la mañana. Pero vayamos por partes.

4. Las dos de la mañana.

Comenzaban a sonar todos esos temas del año y de años anteriores. Bisbal, Paulina Rubio, Chayanne, algún que otro “reguetón apestoso” de algún cantante (es un decir) que se aburre en su casa. Los vasos y las copas empiezan a circular. En las barras empieza a haber trabajo para los camareros y camareras.

―Anda que las eligen feas― me dijo José Antonio, haciendo gala de una ironía que ni yo en mis mejores crónicas. A esa hora me pedí la segunda bebida de limón de la noche y examiné minuciosamente la cosa aquella llamada pista de baile, que empezaba a llenarse. A una hora temprana, con todos aún cuerdos, la verdad es que tampoco había mucho que contar. Eso sí, Balanza seguía con su matasuegras, dando la murga. Qué tío.

5. Las tres de la mañana.


El limpio suelo es historia. Está lleno de vasos, porquería y demás basuras varias, así como de líquidos varios esparcidos por el mismo, que hacen que haya que pisar con pies de plomo.

Las bolsitas con el cotillón y demás son recogidas por los empleados, algunas llenas, otras vacías, otras semi vacías, otras casi llenas, y así con todos los términos que se pueda uno imaginar.

El agua pura, limpia, cristalina, de la fuente es historia. Desde escupitajos varios hasta vasos, pasando por toda clase de porquería.

Los primeros síntomas de borrachera son evidentes en algunos sectores de la población. Los primeros síntomas de depravación se hacen ver. Esas cosas no se hacen en público, hombre, ¡iros a un motel!

Por otra parte está el antiguo colega de José Antonio, José David creo que se llamaba, con tres vasos, tres, en la mano.

―¡Alcohol que no falte!— le parece escuchar a José, que me lo transmite después. Madre mía. Qué tíos. ¿Macrobotellón? ¿Quién quiere macrobotellón en la calle, que está prohibido, teniendo este pedazo de barra libre?

Las luces comienzan a fulminar la vista de las personas, si es que se puede llamar personas a lo que hay allí.

Qué razón llevaba José cuando me dijo la última y definitiva razón por la que yo debía ir:

―Así puedes escribir una enorme crónica con todas las cosas que pasen.

―No, si ya. Voy a tener para un ladrillazo infumable, ¡oh, Karel sapientísimo!

―¿Karel? ¿Qué ha hecho ahora?

―Lo de siempre, ponerme verde.

6. Las cuatro de la mañana.

Ataco sin piedad mi cuarto refresco de la noche, para cambiar, esta vez de naranja. “Tómate otra”, decía aquel. Pues eso…

A pesar de haberme colocado en un sitio ancho, las hay que se empeñan en pasar pegadas, como si el lugar fuera la cueva del tesoro, o más estrecho aún, el mítico puente de Khazad Dûm de Tolkien. Es lo que faltaba ya. José me mira y me levanta cuatro dedos. Miro el reloj. Sí, son las cuatro. Y media hora después tengo en el móvil el mensaje de mi señora madre. ¿Qué tal lo llevas? Bien, bien. Lo llevo bien. Dentro de lo que cabe.

Es en esto cuando se me acerca una chica, me felicita el año (Feliz año, Javi), dos besos, tal y cual, y entonces, una vez pasado el momento de shock José me pregunta a gritos porque ahí no hay quien se entere de nada con la de decibelios que han puesto. Ni las pistas del Heathrow de Londres, vamos.

―¿Y quién era?

―Y yo qué sé…

―Anda que tu percepción visual… luego dices de la mía.

―¡Yo qué sé, sería alguien del conservatorio!

―Sí, porque de la universidad no, en tu carrera no hay mujeres.

Sí es triste pero es así. Aunque claro, los factores en contra para el no – reconocimiento son varios, a saber: la hora, las luces rojas, verdes, amarillas, azules y de todos los colores haciendo polvo la vista, con lo que se fastidia el reconocimiento visual; la música a toda máquina, con lo que es imposible reconocer las voces.

Y en esto, veo que empieza a volar líquido. Cubatas voladores. Uno de ellos va a parar a la zona donde estamos. Me da de lleno en la manga izquierda, le da a José y le da a otro chaval que está un poco a la derecha y que pone el grito en el cielo, al igual que yo.

―¿Pero esto qué es?

―¿Esto? ¡Pues algún gracioso con las “copicas”!

Se acercan las cinco y decido ir al baño. Esos magníficos baños tan limpios de estos sitios, amén de los retretes que colocan para la ocasión.

Nada más dar un par de pasos hacia delante veo al frente una chica que se pega el resbalón padre y acaba en el suelo. Si no doy el paso hacia atrás, pisotón incluido a José, me cae encima y se arma el efecto dominó allí mismo. Entre lo borracha que iba, la pobre, y el resbaladicísimo suelo lleno de porquería, qué quieren ustedes. Y llegamos al lugar de esos magníficos simulacros de cuarto de baño. Y por allí estaba el Balanza haciendo de las suyas, que nos ve llegar.

―¡Pero muchachos, qué estáis haciendo, deberíais estar por ahí con alguna!

―¡Pues lo mismo te digo, chaval!

Mi respuesta, clara y precisa. Para qué más.

―Joé, vaya cola que hay, yo me cuelo― dice uno de los colegas.

―Pues como no te cueles no pasas― respondo.

Esto es increíble. Son ya las cinco y sólo quedan totalmente sobrias tres personas. José Antonio, un amigo suyo llamado Carlos y yo. Alguno más habrá, pero como que no sé yo.

7. El periplo de 5 a 6 y el episodio del autobús.

A partir de las 5 de la mañana se vive prácticamente la misma situación, si acaso corregida y aumentada.

A las cinco y media decidimos que nos vamos en el autobús. Pues tras preguntar a los tipos en cuestión nos dirigimos hacia el autobús correspondiente.

Por fin sentados. No había ni una mala silla allí. Uno podía sentarse en el borde de la fuente, a esas horas ya teñida en amarillo. Vista en la oscuridad aún peor color.

―Buenas, ¿cuándo sale el autobús?

―Pues cuando esté al menos la mitad de lleno.

Un tipo simpático, el conductor… sí, señor.

Pero a eso de las seis menos cuarto José y yo asistimos al último espectáculo que nos quedaba por ver aquella noche. Una chica se acerca al autobús, a trancas y barrancas. La señora que hay al lado del conductor la ayuda a subir porque si no la pobre muchacha se cae un tortazo contra el suelo que se rompe la crisma. Qué mareo, qué cogorza, qué borrachera. Y del mareo viene el vómito. Ese primer asiento del autobús acabó que ni en la escena de la batalla de La Brújula Dorada.

Y empieza a llegar gente. Uno tras otro, todo ser viviente se acercaba al autobús y preguntaba, ora mareado, ora borracho, ora medio ebrio:

―¿El que sale para la plaza de España cual es?

Y la respuesta invariable de la señora.

―Este no es, es el de allí delante.

Claro que “el de allí delante” tenía puesto el cartel de “transporte escolar” y algún que otro iluminado pensaría que les iban a llevar al instituto de vuelta. Como yo comenté.

―Claro, es que igual les llevan al colegio a aprender esa de “cómo salir de fiesta sin pillar una cogorza en siete pasos”.

No sé todavía por qué en siete pasos. Debe ser lo de Rowling, el siete es el número mágico más poderoso y todas esas bobadas.

Y otro más, y otro, y otro, todo el que llegaba a ese autobús acababa preguntando si iba a la plaza de España. Es lo que hay cuando uno o no sabe leer o va tan hasta arriba que no distingues Cartagena de El Algar o demás lugares cercanos escritos en el cartel de rigor que alguien pone en el autobús que tienes que coger para ir de vuelta a tu hogar, dulce hogar.

La odisea en el estrecho espacio de aquel autobús acabó con otro vómito de la pobre muchacha aquella, sentada ahora justo detrás de nosotros, y con la parada del autobús en un lugar más bien cercano a mi casa, de tantas calles que se pudieron haber elegido. Eran aproximadamente las seis y media cuando entré en mi casa. Lo primero que hice fue conectar la radio. Luego, desvestirme, tomarme un par de galletas o similar y tumbarme en la cama a escuchar cómo la COPE daba la bienvenida al 2008: al parecer, los escaños elegidos en Cataluña van a decidir las generales de marzo. ¿Se irá ZP? ¿Llegará Rajoy?

A las siete me eché a dormir y a las once me desperté, como nuevo, tras haber dormido cuatro horas.

A las dos de la tarde termino de escribir esta crónica. José Antonio tiene le móvil apagado. O el cacho perro sigue durmiendo aún o se ha olvidado de encender el móvil.

Y así acaba esta historia maravillosa, amigos lectores.

Todo lo relatado aquí es verdad, todo es el desarrollo de cómo actúa la juventud actual de este siglo XXI. Borrachos, degenerados, depravados y pervertidos, por no decir guarros hasta la saciedad por cómo lo ponen todo de porquería. Y algunos, además, muy payasos.

Y para acabar como los clásicos artículos de las crónicas, para no variar, cabe preguntarme: ¿serán todos estos amigos de los del 13 de marzo?

2 comentarios:

Glaurung dijo...

¡¡¡Feliz año!!!

Ejem, bueno, la verdad es que a mí me fastidian bastante las fiestas esas en las que todo el mundo se vuelve loco menos uno mismo.

Supongo que es esa manía que tengo de querer acordarme de lo que hago.

Javi dijo...

Vaya, Glaurung, aún vives.. Feliz Año (con retraso).

Fui a la fiestecilla por ese argumento mayor que menciono: "Así puedes escribir la crónica", me dice el tío.

Si es que soy tonto de lo bueno que soy.